La travesía
Como sabrán, el viajar es la columna vertebral de La Guarandinga, su principal insumo a la hora de mostrar un país posible, de construir una oportunidad a la cual apostar.
Pues bien, este año las ganas de meternos tierra adentro no se hicieron esperar, Valentina con su bien ganado entusiasmo por tierras lejanas, sentenció: ¡Vamos hasta el Delta del Orinoco y punto! No se discute. Nunca agradecí tanto la intensidad de Valentina.
Navegar el Orinoco por casi dos horas, pareciera ser una tortura a tus aposentos, espalda y resistencia al implacable hermano Sol, sin embargo, la aventura que entraña te hace ligerito el viaje. Te olvidas del reloj, cuando puedes ver la desnudez de la tierra en su más auténtica expresión, el inicio de la población te salpica a los pocos minutos de navegación, y aquellos que creemos tan lejanos de lo que somos, que incluso llegamos a exiliarlos de nuestra idiosincrasia, se muestran tímidamente entre la selva, recordándonos que desde donde viven, protegiendo su espacio, su cultura, sus tradiciones, dan oxígeno a nuestros inicios como civilización.
El Campamento Boca de Tigre, recibe a esta pasajera sedienta de asombros y con los ojos ansiosos de verlo, de conocerlo todo… A esto Valentina, lo llama “El ímpetu de la juventud” una vez más acertada La Quintero. Porque conocerlo todo, verlo todo, me llevaría una vida entera, cientos de minutos y una mística que a veces siento, me la consume la realidad aplastante.
El Reto
Aquí viene mi mayor atrevimiento para con su paciencia, estimado lector: Visualice un sudor que no deja de recorrer el rostro, el cuello, las manos, el cuerpo en toda su extensión, ése es el que llega implacable, impostergable el día de la transmisión, en ese remoto lugar, donde la modernidad se mide en las aspas que tiene la curiara que te lleva y trae. Por supuesto, el sudor no llega solo, llegan las doscientas mil palpitaciones por segundo, el rechinar silencioso de mis dientes, mi esfuerzo inmensurable por mantener mi sonrisa de: “Todo está bajo control” que ni aún ahora, averiguaré si convence a mi talento.
En segundos, se los juro en sólo segundos, con la hipérbole que corresponde: el mundo entero lo sientes encimita y sin salidas. Todos preguntan y con quien logro conectarme al otro lado del mundo, con lógica desesperación, solo grita: ¿POR QUÉ NO ESTÁS CONECTADA? ¿QUÉ VAS A HACER PARA ENTRAR AL AIRE?
¿Pueden sentir el retumbe en los oídos? Creo haberme quedado con ese silbido, durante las 3 horas del programa. Gestionaba de un lado al otro, sentaba invitados, preguntaba nombres, calculaba tiempos, El Dark, compañero infaltable de aventuras, prácticamente enterraba los dedos, al teclado de una laptop que brindaba ilusiones de normalidad. Por ciento ochenta minutos, ése fue nuestro universo.
El resultado de las maniobras, pues mucha estática, imparables goteos de sudor, incontables mensajes en chat, no pregunten cómo, el misterio que envuelve las conexiones de internet en el medio de la nada, es sólo comparable con la resistencia de las comunidades a sus tradiciones. Estar o no estar al aire, nos mantuvo en vilo, sin embargo, los testimonios únicos, contundentes, fascinantes, fue el ansiolítico de esta sesión.
El asombro
En medio de tanto trastorno tecnológico, creerán que es exageración o en el mejor de los casos, lugar común, pero, traten de escuchar inertes y con total naturalidad, al representante del Frente Francisco Miranda del Delta del Orinoco, decir que para su comunidad es normal que de 8 hijos sólo 3 sigan con vida, que su mayor kilometraje es de 50 años y que primero confían en la curandera de la comunidad, que en los estudiantes de enfermería. Que desconcierta a los “criollos” -así llaman a los turistas- el que se casen a los 12 años y que sólo la muerte los separe. La verdad, es como mucho para una sedienta como yo. Siento aún revuelto el asombro.
¿Recuerdan las casi dos horas de navegación? Se hacen un tronado de dedos al regreso de una experiencia como ésta.